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Tortugas y peces

También estuve en un pueblo donde había sólo tortugas y peces. Cuando una tortuga tenía cerca a un pez, esta intentaba morderle la cola a aquel. Los peces se hallaban siempre cerca de las tortugas, comiéndoles los parásitos de sus conchas. Había muchas colas mordidas, tantas como tortugas hambrientas. Sí que era dura la vida del pez, no habiendo más alimento que aquel que habitaba el cuerpo de su enemigo.

No siendo pez ni tortuga, no pude verlos de cerca. Habría preguntado a los peces por qué no se iban a algún lugar sin tortugas, mas luego encontré un pueblo habitado sólo por peces. También había colas mordidas, tantas como bocas en aquel pueblo. No habiendo tortugas en aquel sitio, los peces no tenían de otra que comerse entre ellos. Me pregunto cómo es un pueblo sin peces, donde haya sólo tortugas. Sigo tratando de hallarlo sin tener éxito.

I.P.S.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Una luz intermitente

Primero es el viento y después el silencio, o tal vez primero el silencio y luego el viento. Pero más tarde o más pronto es anhelar negarse, negarse a hacerlo de nuevo, negarse sin saber negarse. Negarse es la única forma de insurrección, la única osadía permitida. No está permitida, claro está, pero no hay otra, no se ha inventado otra. No se le inventó una voz, ni una mueca de disgusto, ni altanero gesto con la mano, con la espalda que ignora lo que se desea ignorar. Solamente se le inventó una altura inaccesible desde la que domina un paisaje que no le pertenece, sino al que pertenece y del que es esclava, una altura desde donde mira y defiende lo poco que le fue otorgado porque no le queda de otra.

Y repite, se repite que no existe otra osadía, repite y se expresa de nuevo de la única forma que sabe, de la única que le enseñaron, en el timbre monótono y lejano que comparte con las otras voces que hablan el mismo idioma, el dialecto unidireccional y solitario que solamente está para avisar que existe.

Y repite con el mismo timbre, se repite que desea extinguirse. Repite y comienza a imaginar lo que significa desgastarse hasta extinguirse, esforzarse por ese desgaste, menguar para extinguir el silencio que hay en su escasa habla, el silencio obligado, la intermitencia de la comunicación que nada afirma ni niega más allá de la propia existencia, que no tiene matices. Menguar para suprimirse y lograr así expandirse, sobrepasar la frontera del único mensaje que le fue enseñado, inventar un lenguaje que tiene como base la extinción del único que posee, ahogándose por siempre en la voz que sería su muerte.

Y de pronto ya no repite. Se hunde y se deja caer en la oscuridad del infinito cielo estrellado. Grita en suspiro luctuoso la dicha de su victoria, la proeza de su silencio, del propio silencio, del silencio perpetuo y definitivo, el logro de su cansancio, la luz de su oscuridad, la perfecta sintonía de su voz con su soledad.

Llamado por la terrible injuria se estaciona a los pies de su altura el destino; desciende de su carroza el implacable heraldo de la desgracia. Y cuando asciende la inevitable tragedia, cuando trepa por su esqueleto el mensajero del infortunio, la voz del principio de todos los finales, sabe que se le acaba así en un instante la voz recién adquirida.

Y así sin más repite de nuevo, repite y contempla, repite de nuevo y suspira, repite de nuevo y piensa en la mano que resucita y da vida cuando ella decide extinguirse, y se da cuenta que no está sola, y esa es la verdadera desgracia.

 

I.P.S.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

 

Lo arrebatado

Le gusta eso, lo sustraído, lo arrebatado de la vida de alguien más. Como si para tener valor para él hubiera de tener valor o haberlo tenido para otro, alguien que lo poseía, que lo usaba, y que en un descuido, en una negligencia cuidados, se despojó a sí mismo de su pertenencia.

I.P.S.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Pasajes inconclusos

Estoy convencido de que la añoranza está hecha de pasajes inconclusos, de historias a medias, de palabras pensadas pero nunca dichas, de lágrimas al interior, de ríos secos, de casas vacías, de colegios sin alumnos, de parques sin campanas de carritos cargados de fríos sabores.

Se me ha escapado un suspiro que ya no te sabe, un suspiro que ya no te encuentra (casi me dejan sin aire los suspiros y les tengo miedo); se me ha olvidado que esas lejanas incoherencias que son mis añoranzas a veces tienen como rostro el tuyo, y otras veces no sé hacia dónde se dirigen ni quiénes son, como rostros grises transportándose en la madrugada hacia destinos borrosos y ajenos.

Si a veces no hablo y cubro mi rostro con mis manos, con un libro, con el aroma de la tinta del diario, es por temor a descubrir que soy tan sólo un mimo, uno sin gracia y sin palabras en los gestos, miedo a ver que soy un invidente tratando de entender colores, tus colores, mi bella mariposa, los tuyos y los de tus flores.

Ya han pasado los largos veranos de playas soleadas y ahora, que vienen las voraces nevadas del frío del interior del sótano, solamente quedan las débiles brazas de una hoguera donde antaño calentaba mi gastado cuerpo.

Si he de decir adiós una vez más, me quedaré aquí sentado, viendo caer sobre la hierba al tiempo y al destino. “Ven por mí, fatalidad brutal y absurda de mis anhelos y deseos muertos desde concebidos”, aferrado a mi sonrisa, solitaria desde que eres uno más de mis recuerdos.

El anhelo no acaba, se vuelve de ayer (ayer te vi en el parque comiendo nieve de cereza, amor mío). Algún día podría ser de mañana, de hoy…me hará ver en mis manos la novela en la mudanza perdida, una que tendrá sabor a nuevo mezclado con rutina, y quizá será otra historia, distinta, intensa hasta las lágrimas como aquella que alguna vez se fue olvidando y desapareció. Mis canosos libreros, con sus hojas, la aspereza de su corteza y el andar constante de sus hormigas, centinelas en las tardes sin ocaso, son mi destino; si acaso mis arrugadas manos tomaran tu volumen, y tuvieran el valor de sostenerlo, de no quemarlo, de no perderlo, entonces será bueno el tiempo para encontrar aquel capítulo y cerrarlo al fin, dejarlo mudo, dejarlo quieto y sordo.

I.P.S.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Ya que no he publicado nada nuevo, al menos cumpliré (terriblemente tarde, desafortunadamente) con la promesa de presentar versiones descargables en PDF. De paso, pongo a disposición de todos las versiones descargables de todo lo demás. Traté de poner un archivo zip para que pudieran descargar todo de una vez, pero WordPress no permite subir esos archivos.

Aquí las versiones en DOC:

Y aquí las versiones en PDF:

La puerta abierta

Entraron a su departamento abrazados. La vio avanzando hasta la mesa y colocando sobre ella las llaves sin voltear a verlo, sin ofrecerle de beber, sin invitarlo a sentarse. La siguió con la mirada mientras se perdía en un pasillo a la izquierda de la mesa sin decir palabra alguna. Se escuchó el clic de un interruptor, la disposición de la arquitectura le impidió localizar la luz recién encendida desde donde se encontraba, escuchó una puerta cerrándose. Se percató de que seguía de pie, ahí a un paso de la entrada. Dio un par de pasos a la derecha y se sentó, dándole a cada movimiento un sigilo absurdo e innecesario; sus pasos no hacían ruido sobre la alfombra, el sillón resultó demasiado duro para quejarse del peso que lo invadía.

Comenzaba a tranquilizarse del beso que consiguió en el taxi cuando comenzó a reflexionar sobre la indiferencia con que parecía de pronto abandonarlo en la puerta de aquel departamento, dejándolo ahí parado en un terreno desconocido, completamente solo, sin mapas, sin misión y sin provisiones. Para calmarse, consideró todo aquello como un gesto de intimidad, una manera de compartir con él la cotidiana indiferencia que tenía ella con su hogar. Se escuchó el estruendo de la cadena del retrete y el agua desapareciendo por la tubería, luego un grifo un tanto oxidado permitiendo la caída del agua limpia, primero sobre la loza del lavabo, luego sobre sus manos y de ahí a la loza, luego a la loza sin interrupción de nuevo, después la llave cerrada.

Miraba con dirección al origen de aquellos ruidos. No se aventuraba a imaginar el dormitorio, tampoco a imaginarla secándose las manos, ni dando vuelta a la perilla de la puerta del baño. Simplemente miraba, sin saber si esperaba con ansia o con miedo su regreso. La puerta se escuchó abriéndose casi al tiempo que un segundo clic extinguió un leve destello que alcanzaba a percibirse desde donde se encontraba ahora sentado.

Inhaló profundamente sin apartar la mirada del punto vacío en que se había acomodado hacía ya algunos minutos. El aire le supo un tanto dulce. Acercó su mano izquierda a su rostro como para espantarse la perplejidad. Inhaló entre sus dedos el perfume que adherido tras acariciar aquel cuello, encontró en ese aroma la misma fragancia que lo rodeaba. Todo el lugar tenía una marcada esencia a ella. No era a su perfume a lo que olía el sillón, las cortinas, los cojines de las sillas; era a ella, a ella con su perfume y sin él.

Alcanzó a oír un closet, ruidos de cajones abriéndose y cerrándose de golpe. Apareció de pronto, emergiendo de entre la oscuridad del pasillo y casi sin voltear a verle  hizo su camino a la cocina. Aquel bloque del departamento le pareció tremendamente breve, sobrecogedor, asfixiante. Se levantó de su asiento y se quitó la chamarra. Tímidamente se acercó a una de las sillas y colocó la prenda en el respaldo, volteando a la cocina, esperando encontrarla ahí dentro. Alcanzó a ver la blusa blanca, el pantalón negro. La vio agachada, sumergida en el helado interior resplandeciente del refrigerador. Quiso preguntarle si hacía falta ayuda de su parte justo en el instante en que encontró lo que buscaba y cerró ágilmente la puerta con la pierna izquierda mientras avanzaba al interior de la cocina, dándole la espalda.

Regresó a su lugar en el sillón mientras escuchaba alacenas abriéndose y cerrándose, ruidos de cajones, de vasos vacíos colocados sobre una superficie dura, de destapador desprendiendo a una botella de su corcholata, de líquido vertiéndose en vasos. La estancia en solitario comenzaba a parecerle eterna y agobiante. El sabor de aquella boca se le perdía entre la ansiedad como un líquido que se escurre por entre los dedos de una mano que se esfuerza demasiado por retenerlo entre ellas.

Tuvo al fin un respiro cuando la vio saliendo de la cocina, portando dos vasos con cerveza, caminado hacia él, alargándole uno de ellos y se sentándose a su lado, bebiendo rápidamente la mitad del propio. Una marea de silencio se le aglutinaba entre los labios, haciéndole torpes las palabras, que no encontraban cómo andar fluidas por entre aquella masa espesa. Trató de adelgazar aquella pasta con un abundante trago, que más que diluirle aquel mutismo, logró volverlo amargo. Vació el contenido completo del vaso casi directo a su garganta, sin paladearlo, sintiendo el helado torrente burbujeante quemándole la lengua y el paladar. Dejó el recipiente en el piso.

Ansiosa y torpemente desesperado, se le lanzó encima y comenzó a besarla. Con cierta agilidad y mucha suerte, alcanzó a quitarle el vaso de la mano y a colocarlo en el suelo sin disminuir su afán. Buscaba rendijas entre la ropa para acariciar aquella piel, abría botones necios de una blusa que de pronto le pareció exageradamente celosa con el cuerpo que guardaba. Besó y besó desesperada y dolorosamente la boca. Besó como pudo el cuello, el principio expuesto de los senos, el encaje del sostén, el piercing que adornaba aquel ombligo, el costado que recubre las costillas, y en ningún lugar de aquel cuerpo suave y perfumado encontró el sabor del beso del taxi.

La miró brutalmente ausente, semidesnuda, con una mirada de profundo cansancio físico, esforzándose por permanecer despierta. Se levantó de encima de ella, se sentó junto a sus piernas, tomó del suelo el vaso que hacía un instante retirara de entre los pequeños dedos que lo sostenían y bebió un breve trago mirando el café de la alfombra. Ella se levantó sin cerrar los botones de su blusa, caminó de nuevo por el pasillo de siempre, encendió una luz, abrió y cerró cajones, apagó la luz y cerró la puerta.

Ahí sentado terminó de beber, dejó el pequeño vaso de cristal en el suelo, se quitó los zapatos, se levantó del sillón y caminó pesada y torpemente hasta el interruptor empotrado a la pared. Así, entre los claroscuros espectrales de la luz de las farolas de la calle, se tumbó en el mismo lugar que ella recién había abandonado. Mirando al techo, evitaba con el mayor ahínco posible todo pensamiento. Ahuyentaba su mente de su cuerpo con una repulsión casi crónica.

Poco faltaba para alcanzar al fin el sueño cuando una voz adormilada se abrió paso por la distancia y la puerta cerrada para escarbarle con su nombre en sus oídos. La voz repitió el llamado con algo más de insistencia. El corazón le dio un vuelco, pensando en la torpeza de dejarla partir así sola a su cuarto, pensando que aquello no fue un rechazo sino la verdadera invitación, la verdadera puerta abierta.

Temblando, abrió la puerta que escondía la voz que lo llamaba. Entre sombras, percibió la cama, las cobijas, la blusa, el sostén, el pantalón y los zapatos que la vestían. Se acercó a la cama con cuidado. Se disponía a quitarse la camisa cuando la misma voz adormilada atinó a decir “tengo frío, métete a la cama”, levantando las cobijas, exponiendo la manga de una sudadera vieja con que había reemplazado a la blusa. Entre perplejo y humillado, dio un paso atrás, luego dio media vuelta, corrió a la sala, tomó su chamarra y sus zapatos, abrió la puerta y salió del departamento sin cerrarla tras de sí.

Anduvo así por un par de cuadras. Se sentó a la orilla de la banqueta. El dedo gordo de su pie derecho sangraba. Enfundó sus doloridos pies en los zapatos, murmuró una maldición que quiso ser gritada, sollozó unos minutos y se puso de pie.

Cuando regresó, sin decir palabra alguna, quitándose en silencio los zapatos y los calcetines, se metió bajo las cobijas. Inhaló profundamente y los aromas le revolvieron el estómago. “¿A dónde fuiste?”, le preguntó ella al oído, “tenía que ir al baño”, respondió, secando con la manga de su camisa las últimas lágrimas que resbalaron de sus ojos.

 

I.P.S.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

(sin título)

Lo trágico empieza cuando ya no hay deseos de saber más de uno. Ni cuenta te das. Un día te percatas que las heridas se han cerrado hace tiempo, que en algunos lugares las rugosas costras comienzan a hacerse viejas y a caerse a pedazos sin necesidad de rascarlas o arrancarlas; son como viejos edificios crujiendo y haciéndose añicos bajo el peso de sus propias miserias; primero los muebles, luego las puertas y ventanas, luego la gente y las ratas, todos quedan aplastados bajo los despojos. Es como caerse a pedazos, como derrumbarse en ruinas ocres que son devoradas por cucarachas.

La parte más viva de uno es entonces la que está más muerta, la que ha dejado de ser importante. Cuando hay fuerza ya de poner el pie en el suelo, ésta empieza a extinguirse por hambre, y cuando las heridas expuestas de afuera comienzan a extinguirse, las llagas comienzan a hacerse grandes por dentro.

Al principio no te das cuenta, sólo es un rumor, como el zumbido en los oídos que provoca que alguien en alguna parte hable mal de uno. Luego te ves al espejo y te hace falta un trozo. No puedes verlo, porque la carne aún es gruesa y no te deja ver tu interior hueco, pero lo sientes. Cuando hablas, si aún te quedan ganas de hablar, escuchas un eco, escuchas tu voz rebotar en las paredes de los agujeros que te vas haciendo. Luego se sienten al tacto, como tumores invertidos, tumores en negativo que en vez de crecer se consumen y te arrastran con ellos a la no existencia.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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