Entraron a su departamento abrazados. La vio avanzando hasta la mesa y colocando sobre ella las llaves sin voltear a verlo, sin ofrecerle de beber, sin invitarlo a sentarse. La siguió con la mirada mientras se perdía en un pasillo a la izquierda de la mesa sin decir palabra alguna. Se escuchó el clic de un interruptor, la disposición de la arquitectura le impidió localizar la luz recién encendida desde donde se encontraba, escuchó una puerta cerrándose. Se percató de que seguía de pie, ahí a un paso de la entrada. Dio un par de pasos a la derecha y se sentó, dándole a cada movimiento un sigilo absurdo e innecesario; sus pasos no hacían ruido sobre la alfombra, el sillón resultó demasiado duro para quejarse del peso que lo invadía.
Comenzaba a tranquilizarse del beso que consiguió en el taxi cuando comenzó a reflexionar sobre la indiferencia con que parecía de pronto abandonarlo en la puerta de aquel departamento, dejándolo ahí parado en un terreno desconocido, completamente solo, sin mapas, sin misión y sin provisiones. Para calmarse, consideró todo aquello como un gesto de intimidad, una manera de compartir con él la cotidiana indiferencia que tenía ella con su hogar. Se escuchó el estruendo de la cadena del retrete y el agua desapareciendo por la tubería, luego un grifo un tanto oxidado permitiendo la caída del agua limpia, primero sobre la loza del lavabo, luego sobre sus manos y de ahí a la loza, luego a la loza sin interrupción de nuevo, después la llave cerrada.
Miraba con dirección al origen de aquellos ruidos. No se aventuraba a imaginar el dormitorio, tampoco a imaginarla secándose las manos, ni dando vuelta a la perilla de la puerta del baño. Simplemente miraba, sin saber si esperaba con ansia o con miedo su regreso. La puerta se escuchó abriéndose casi al tiempo que un segundo clic extinguió un leve destello que alcanzaba a percibirse desde donde se encontraba ahora sentado.
Inhaló profundamente sin apartar la mirada del punto vacío en que se había acomodado hacía ya algunos minutos. El aire le supo un tanto dulce. Acercó su mano izquierda a su rostro como para espantarse la perplejidad. Inhaló entre sus dedos el perfume que adherido tras acariciar aquel cuello, encontró en ese aroma la misma fragancia que lo rodeaba. Todo el lugar tenía una marcada esencia a ella. No era a su perfume a lo que olía el sillón, las cortinas, los cojines de las sillas; era a ella, a ella con su perfume y sin él.
Alcanzó a oír un closet, ruidos de cajones abriéndose y cerrándose de golpe. Apareció de pronto, emergiendo de entre la oscuridad del pasillo y casi sin voltear a verle hizo su camino a la cocina. Aquel bloque del departamento le pareció tremendamente breve, sobrecogedor, asfixiante. Se levantó de su asiento y se quitó la chamarra. Tímidamente se acercó a una de las sillas y colocó la prenda en el respaldo, volteando a la cocina, esperando encontrarla ahí dentro. Alcanzó a ver la blusa blanca, el pantalón negro. La vio agachada, sumergida en el helado interior resplandeciente del refrigerador. Quiso preguntarle si hacía falta ayuda de su parte justo en el instante en que encontró lo que buscaba y cerró ágilmente la puerta con la pierna izquierda mientras avanzaba al interior de la cocina, dándole la espalda.
Regresó a su lugar en el sillón mientras escuchaba alacenas abriéndose y cerrándose, ruidos de cajones, de vasos vacíos colocados sobre una superficie dura, de destapador desprendiendo a una botella de su corcholata, de líquido vertiéndose en vasos. La estancia en solitario comenzaba a parecerle eterna y agobiante. El sabor de aquella boca se le perdía entre la ansiedad como un líquido que se escurre por entre los dedos de una mano que se esfuerza demasiado por retenerlo entre ellas.
Tuvo al fin un respiro cuando la vio saliendo de la cocina, portando dos vasos con cerveza, caminado hacia él, alargándole uno de ellos y se sentándose a su lado, bebiendo rápidamente la mitad del propio. Una marea de silencio se le aglutinaba entre los labios, haciéndole torpes las palabras, que no encontraban cómo andar fluidas por entre aquella masa espesa. Trató de adelgazar aquella pasta con un abundante trago, que más que diluirle aquel mutismo, logró volverlo amargo. Vació el contenido completo del vaso casi directo a su garganta, sin paladearlo, sintiendo el helado torrente burbujeante quemándole la lengua y el paladar. Dejó el recipiente en el piso.
Ansiosa y torpemente desesperado, se le lanzó encima y comenzó a besarla. Con cierta agilidad y mucha suerte, alcanzó a quitarle el vaso de la mano y a colocarlo en el suelo sin disminuir su afán. Buscaba rendijas entre la ropa para acariciar aquella piel, abría botones necios de una blusa que de pronto le pareció exageradamente celosa con el cuerpo que guardaba. Besó y besó desesperada y dolorosamente la boca. Besó como pudo el cuello, el principio expuesto de los senos, el encaje del sostén, el piercing que adornaba aquel ombligo, el costado que recubre las costillas, y en ningún lugar de aquel cuerpo suave y perfumado encontró el sabor del beso del taxi.
La miró brutalmente ausente, semidesnuda, con una mirada de profundo cansancio físico, esforzándose por permanecer despierta. Se levantó de encima de ella, se sentó junto a sus piernas, tomó del suelo el vaso que hacía un instante retirara de entre los pequeños dedos que lo sostenían y bebió un breve trago mirando el café de la alfombra. Ella se levantó sin cerrar los botones de su blusa, caminó de nuevo por el pasillo de siempre, encendió una luz, abrió y cerró cajones, apagó la luz y cerró la puerta.
Ahí sentado terminó de beber, dejó el pequeño vaso de cristal en el suelo, se quitó los zapatos, se levantó del sillón y caminó pesada y torpemente hasta el interruptor empotrado a la pared. Así, entre los claroscuros espectrales de la luz de las farolas de la calle, se tumbó en el mismo lugar que ella recién había abandonado. Mirando al techo, evitaba con el mayor ahínco posible todo pensamiento. Ahuyentaba su mente de su cuerpo con una repulsión casi crónica.
Poco faltaba para alcanzar al fin el sueño cuando una voz adormilada se abrió paso por la distancia y la puerta cerrada para escarbarle con su nombre en sus oídos. La voz repitió el llamado con algo más de insistencia. El corazón le dio un vuelco, pensando en la torpeza de dejarla partir así sola a su cuarto, pensando que aquello no fue un rechazo sino la verdadera invitación, la verdadera puerta abierta.
Temblando, abrió la puerta que escondía la voz que lo llamaba. Entre sombras, percibió la cama, las cobijas, la blusa, el sostén, el pantalón y los zapatos que la vestían. Se acercó a la cama con cuidado. Se disponía a quitarse la camisa cuando la misma voz adormilada atinó a decir “tengo frío, métete a la cama”, levantando las cobijas, exponiendo la manga de una sudadera vieja con que había reemplazado a la blusa. Entre perplejo y humillado, dio un paso atrás, luego dio media vuelta, corrió a la sala, tomó su chamarra y sus zapatos, abrió la puerta y salió del departamento sin cerrarla tras de sí.
Anduvo así por un par de cuadras. Se sentó a la orilla de la banqueta. El dedo gordo de su pie derecho sangraba. Enfundó sus doloridos pies en los zapatos, murmuró una maldición que quiso ser gritada, sollozó unos minutos y se puso de pie.
Cuando regresó, sin decir palabra alguna, quitándose en silencio los zapatos y los calcetines, se metió bajo las cobijas. Inhaló profundamente y los aromas le revolvieron el estómago. “¿A dónde fuiste?”, le preguntó ella al oído, “tenía que ir al baño”, respondió, secando con la manga de su camisa las últimas lágrimas que resbalaron de sus ojos.
I.P.S.
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