En el puente

Un hombre soberbio que cree que no tiene nada que pedirle a la vida, o un hombre cobarde que no quiere hacerlo por temor a no obtenerlo, eso pienso, pero no es tan importante porque, fíjese, viene toda esta gente y toca al santo por tocar, sin fé, sin saber qué es dar o qué es pedir, y tocan y piden sin pedir y sin dar. Usted, al menos, es irritantemente cínico o jocosamente ingenuo. Si se pasa usted de cobarde, le acepto el recato y le compadezco, pero le respeto por cauteloso. Si es usted ingenuo, le admiro y le envidio aunque me cause gracia, porque puede abofetear al león diciendo que es solo un gatito, y seguir pensando que a las bestias hay que domarlas con la misma desfachatez con que se presumen los amores y desamores aunque el felino le haya desmembrado. Tenga aquí mi consejo: decida si quiere morir joven o viejo, con un grito en la garganta o con un puño de recelo intentando ahogar las dudas. Pero no se apure, yo llevo años pidiendo por gente como usted.

 

I.P.S.

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La duda

Había una cantidad impresionante de colores en aquella diminuta criatura. Recorriendo las hojas, con sus pequeñas patas moviéndose rápidamente, parecía un arcoíris brillante y compacto, un milagro vivo. En un libro había leído que aquellos mágicos colores eran muestra de su potencial letalidad, de ser un maravilloso almuerzo suicida para el cazador osado o ingenuo.

Cuidadosamente, puso un dedo frente al hermoso insecto y lo invitó a subir. Con completa confianza, el pequeño ser trepó por su piel, haciéndole cosquillas apenas perceptibles. Parecía imposible que la vida fuera tan ingeniosa para haber creado aquella minúscula belleza y la infinita curiosidad y asombro de su propia mente infantil. Él solo atinaba a pensar en hacer de esa bella visión un regalo.

Corrió de vuelta al claro, donde ella le esperaba metiendo saltamontes en un frasco. Cuando estaba por llegar, se preguntó instintivamente si el regalo era oportuno, si los saltamontes no serían, en realidad, más bellos y divertidos que su diminuto hallazgo, si sus bellos ojos brillarían como al mirar las gotas de agua resbalando por las flores, reflejando al mundo de cabeza.

Agitado por la carrera, dudoso, se quedó ahí de pie, a unos pasos de ella. Sin saber qué más hacer, metió bajo la gorra su colorido tesoro justo antes que ella se percatara de su presencia. Dando pequeños saltos, se acercó hasta donde estaba y le preguntó si había encontrado algo. Nervioso, miró en todas las direcciones que podía ver sin cruzar miradas y, con aire de tristeza, dijo traer manos vacías.

Con una sonrisa amplia y fresca, la niña puso el frasco lleno de saltamontes entre sus miradas, y prometió compartirlos para hacer carreras y apostar por adivinar su rumbo incierto al liberarlos. Él, con el corazón agitado, sonrió confundido y, asintiendo con la cabeza, comenzó a andar con velocidad de vuelta al sendero que los guiaría de vuelta a casa.

Tan pronto entró a su cuarto, buscó con premura un frasco pequeño, se quitó la gorra, localizó al colorido insecto, le pidió disculpas por la oscuridad, y lo metió en el recipiente. Se quedó gran parte de la fresca noche mirando a través del cristal del frasco. Cuando al fin lo venció el cansancio, soñó con una mirada perfecta llena de alegría y sorpresa, con una sonrisa plena, con un abrazo que lo mismo duraba un instante que una eternidad, con una mano que, enlazada con la suya, parecía arrastrarlo al infinito. Quizá al despertar habrá corrido, decidido, a obsequiar sin más reparo su alegría.

A Joana…

I.P.S.

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El orgullo

Me contó que tenía en mente una historia sobre culpa, sobre una emoción lacerante. Se sentía en parte extinta, o al menos fragmentada. En su historia pensaba en ser hoja al viento, sustancia inerte, víctima del viento, asesina de alma ajena y propia. Somos todos, pienso yo, sustancia a la deriva, materia a merced del torrencial flujo del tiempo y la existencia. Acaso llega la experiencia a regalarnos un momento de solidez, de anhelo o de esperanza.

La batalla del deseo no se gana con orgullo. En el abandono está el destino de esta vida. Alguien dijo que, hermosos dentro de nuestra miseria, capaces de amar en medio de las plagas, sólo podemos hallar nuestra grandeza en nuestro tiempo. El futuro es una ilusión, y por eso una emoción es un regalo, la de dicha o de agonía, la casual, la fortuita; la emoción es una perla en el abismo del hastío. Cuando acaba la tormenta, aquellos que persisten sienten una nueva vida, y en la efímera existencia que les resta dejan todo, aunque en ello vuelvan a perder la vida por tratar, por desear, por anhelar; porque el único motivo de los pasos son los pasos mismos, los pasos y una gran historia que contar.

Mañana quizá me cuente de esperanza, o quizá sonría como me encanta. Puedo hacer un regalo hecho de trozos de otros tiempos rotos, y a tientas ver llover destino sobre nuestros rostros.

I.P.S.

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Eufemismo

Se llega más rápido a la villa de los indeseables que a la fila de los desempleados. ¿O estaremos formados todos en la misma espera? Los insultos más amables pasan de inmediato por el filtro del alcohol, con la prisa de llegar a ser pasado incierto en el mar de las ridículas pesadillas. Mañana, cuando hable con la gente que odio y que te desconoce, mostraré fotografías que no me pertenecen y diré, con aire de desprecio, que te he rechazado, suplicante, aunque no seas capaz de recordar mi nombre.

I.P.S.

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El Diablo

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Tú, que te has entrevistado con todos los ingenuos y con todos los necesitados desesperanzados, debes ser experto en sueños y ambiciones, ¿qué me sugieres pedirte? El dinero me hace mucha falta, el cuerpo se me agota con los años, como a todos, mis cercanos mueren, mis seres queridos se apartan de mi lado, mi trabajo no me inspira y casi siento que me asfixia, la gente es envidiosa y ruin. Si te pidiera una vida perfecta, ¿qué me darías? ¿A caso cambiarías al mundo por mí? ¿O sólo harías que deje de importarme?

Un alma corriente no puede valer tanto para hacer cumplir un gran deseo y soy el alma más corriente que hay en este mundo aunque, supongo, las almas y las vidas que soportan tienen un valor incalculable, o al menos es lo que nos dicen.

¿Y si te pidiera que me amaras? No que me hagas creer que me amas, sino que realmente me ames. Sé que en este instante no te importa, pero si tú me amaras, yo te amaría profundamente. Cuando seas capaz de amarme lo comprenderás. ¿Vale mi alma suficiente para hacer nacer un sentimiento en ti? ¿Puede lo efímero significar algo para un ser eterno?

A mi muerte, llevarías mi alma contigo y yo sería castigada por desearte. Quizá entonces mi condena sea precisamente no poder mirarte como lo hago ahora, y más grande quizá sería mi pena pues tus nuevos sentimientos te harían daño por tener que darme sufrimiento eterno, y acaso tu ira se desquitaría conmigo, pero quizá entonces puedas, por momentos, sentirte afortunado de sentirme, de extrañarme.

No te mentiré diciendo que el amor es bello, mucho menos sabiendo que en tu larga historia debes haber visto lo sublime, desde el fuego eterno del Infierno hasta el rostro del Creador. No tengo idea de qué me mueve a pedirle al Diablo que me ame. Nadie pide ser lo que es, y tú lo sabes mejor que nadie. Todos somos víctimas de nuestras propias circunstancias.

I.P.S.

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El Ermitaño

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¿Extrañarías el timbre del viento? Allá, donde nos despedimos, el timbre tiene otra voz. Este, mucho más frío, tiende a ser más directo, aunque hace las cosas con más calma. Sé muy bien que no extrañarías el calor. Tengo entre mis manos, frías como es costumbre, las mismas inquietudes, y de a poco he olvidado los colores hasta hacerlos triviales.

No te sabes paciente hasta que tienes que esperar, hasta que realmente esperas. Tienes, al principio, solamente los paisajes, y comienzas por pensar que todo es exactamente igual, que tras las montañas no hay sino las mismas, como si el mundo se redujera a dos simples regiones donde una es tu persona y la otra es una franja de monotonía.

Creí volverme loco muchas veces, solo para darme cuenta que seguía inmutable, que aquí no podía, ni puedo, dejar de ser el mismo. Había ocasiones en que suspirar podía recordarme a la esperanza o a la fe. Inventé cientos de dioses y les construí a todos altares que marcaban por algunos miles de años los lugares donde hube de adorarlos, y luego, sin respuestas, sin palabras, sin pecados, sin pasiones, iba abandonando nuevamente las plegarias.

Jugué a ser roca, a ser hielo, a ser arena, a ser montaña. Jugué a mirar y a no mirar. Jugué a jugar y a no jugar, a olvida y a recordar. Intenté inventar, intenté hechizar y dominar. Por algún tiempo también me dediqué a nadar, y cuando intenté fluir como los ríos de espeso amargo para evaporarme y verme caer, me descubrí imposible, tangible e insoluble, y comprendí que te seguía esperando.

Miré de nuevo la monotonía y comprendí que un grano de arena resbalaba de una roca y deja en su ausencia una diminuta pero irremediable cicatriz, que la niebla nunca se dispersa, pero cambia un poco cada rayo del lejano sol, que la voz del viento es siempre igual, pero no canta dos veces la misma canción.

Comencé a escribir interminables tomos del diario de tu espera. Cuando llegues estaré, aunque no tendré la forma que recuerdas. Estos libros son el mapa, no para encontrarme, sino para revelarle a tu ojo mis siluetas, para recordarle a tu piel la caída al abismo de una caricia, y que ella misma entienda el concebir.

Puede que estés ya buscando, puede que esté ya sentado frente a ti. Si un día te sientes sola piensa que no hay forma de extraviarme, que ese fue el acuerdo, y que en el éter de los tiempos no hay manera de mentir.

I.P.S.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Dos extraños

Quisieran que los años fueran respuestas. Las veces que, de lejos, preguntaron por las pasiones, habrían deseado en las manos la urgencia del pasado, la urgencia de la ingenuidad. El lugar de un beso podría ser cualquiera, pero no cualquiera es el lugar para dar de nuevo un beso en específico.

¿Para qué volver a aquel cuarto, a aquella cama, sino fuera por nostalgia? La crédula esperanza de recrear aquel beso es, quizá, la forma en que sus almas tristes, atrapadas en la incertidumbre y el cansancio, buscan ser tan jóvenes y temblorosas como fueron entonces, y vivir en el presente gris un día del placer de los suspiros y calor de besos dados bajo un día soleado.

Se tomaron de la mano sin sorpresa. Permanecieron de pie mirando el lecho que arropó su instante más preciado, abrazando con sus recuerdos la imagen de los niños que un día fueron. Instintivamente se buscaron a besos. Entre la lengua y las mordidas se deshizo el mapa de las memorias. Ella lloró por un instante, él no pudo besar a ojos cerrados; desconfianza y agonía, la distancia parecía insondable.

Se separaron para mirarse. Buscaban en los ojos de hoy el odio y el amor de hace unos años. Cada uno desnudó su propio cuerpo, se arrojaron al abismo indescifrable del orgasmo, y sumidos en el egoísmo de su propia tristeza al fin tropezaron con la honestidad: de ayer no había quedado nada.

Se abrazaron como dos extraños, y se consolaron mutuamente, como hermanos obligados por la guerra y por el hambre. El drama de su amor pasado y su risible intento por reencontrarlo de pronto les parece un chiste idiota, y ríen bajo las cobijas.

Él le abrocha los seguros del sujetador, ella los botones de su camisa. Al salir se despiden con un abrazo y con más de mil sonrisas, y parten de vuelta a sus mundos, a sus lenguas muertas, a sus simples vidas.

I.P.S.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.