La duda

Había una cantidad impresionante de colores en aquella diminuta criatura. Recorriendo las hojas, con sus pequeñas patas moviéndose rápidamente, parecía un arcoíris brillante y compacto, un milagro vivo. En un libro había leído que aquellos mágicos colores eran muestra de su potencial letalidad, de ser un maravilloso almuerzo suicida para el cazador osado o ingenuo.

Cuidadosamente, puso un dedo frente al hermoso insecto y lo invitó a subir. Con completa confianza, el pequeño ser trepó por su piel, haciéndole cosquillas apenas perceptibles. Parecía imposible que la vida fuera tan ingeniosa para haber creado aquella minúscula belleza y la infinita curiosidad y asombro de su propia mente infantil. Él solo atinaba a pensar en hacer de esa bella visión un regalo.

Corrió de vuelta al claro, donde ella le esperaba metiendo saltamontes en un frasco. Cuando estaba por llegar, se preguntó instintivamente si el regalo era oportuno, si los saltamontes no serían, en realidad, más bellos y divertidos que su diminuto hallazgo, si sus bellos ojos brillarían como al mirar las gotas de agua resbalando por las flores, reflejando al mundo de cabeza.

Agitado por la carrera, dudoso, se quedó ahí de pie, a unos pasos de ella. Sin saber qué más hacer, metió bajo la gorra su colorido tesoro justo antes que ella se percatara de su presencia. Dando pequeños saltos, se acercó hasta donde estaba y le preguntó si había encontrado algo. Nervioso, miró en todas las direcciones que podía ver sin cruzar miradas y, con aire de tristeza, dijo traer manos vacías.

Con una sonrisa amplia y fresca, la niña puso el frasco lleno de saltamontes entre sus miradas, y prometió compartirlos para hacer carreras y apostar por adivinar su rumbo incierto al liberarlos. Él, con el corazón agitado, sonrió confundido y, asintiendo con la cabeza, comenzó a andar con velocidad de vuelta al sendero que los guiaría de vuelta a casa.

Tan pronto entró a su cuarto, buscó con premura un frasco pequeño, se quitó la gorra, localizó al colorido insecto, le pidió disculpas por la oscuridad, y lo metió en el recipiente. Se quedó gran parte de la fresca noche mirando a través del cristal del frasco. Cuando al fin lo venció el cansancio, soñó con una mirada perfecta llena de alegría y sorpresa, con una sonrisa plena, con un abrazo que lo mismo duraba un instante que una eternidad, con una mano que, enlazada con la suya, parecía arrastrarlo al infinito. Quizá al despertar habrá corrido, decidido, a obsequiar sin más reparo su alegría.

A Joana…

I.P.S.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s